Siete años ha tardado Sam Raimi en lograr estrenar un proyecto como Send Help (Enviad ayuda), en el que se aleja del fantástico más puro para ofrecer una relectura en clave negrísima de los derivados románticos de Insólita aventura de verano. Por Tonio L. Alarcón

Pese a que la figura de J.M. Barrie parezca indivisible de su creación más famosa, Peter Pan, también ha dejado mucha huella en la cultura popular su obra teatral El admirable Crichton, en la que utilizaba un naufragio en una isla desierta para lanzar una acerada crítica contra el sistema de clases británico.
Un rastro que no solo se distingue en adaptaciones directas como Macho y hembra (1919) de Cecil B. DeMille o El admirable Crichton (1957) de Lewis Gilbert. También en las reimaginaciones más o menos libres de su punto de partida que realizaban Charlemagne (1933) de Pierre Colombier, Música sobre las alas (1934) de Norman Taurog, Insólita aventura de verano (1974) de Lina Wertmüller o la reciente El triángulo de la tristeza (2022) de Ruben Östlund.
Lo interesante de la versión de Wertmüller es que contrajo el conflicto clasista a una sola pareja heterosexual, enfatizando la dosis de guerra de sexos, y dando pie a imitaciones tan desabridas (y tan poco comprometidas) como Seis días y siete noches (1998) de Ivan Reitman y Barridos por la marea (2002), terrible remake de Insólita aventura de verano a manos de Guy Ritchie… Por no hablar del aluvión de pesadillescas derivaciones al estilo de Mi ligue en apuros (2005).
Así que, aunque el pitch de Damian Shannon y Mark Swift vendiera lo que acabó siendo Send Help (Enviad ayuda) como una mezcla de Misery (1990) con Náufrago (2000), lo que estaban ofreciéndole a Raimi era una derivación, deformada por las sucesivas (re)adaptaciones, de la obra teatral original de Barrie.
Lo que el director reconoció en la propuesta, más allá de la oportunidad de ofrecerle al público una vuelta de tuerca paródica a un tropo más o menos desgastado de comedia romántica, fue algo que el esquema ha conservado, milagrosamente, desde su versión primigenia: su carga de crítica social. Como Wertmüller supo reconocer muy bien, y en cambio entendieron fatal sus imitadores, lo interesante de El admirable Crichton no estaba en que el naufragio aboliera (o relativizara) las diferencias sociales.

Lo sugerente residía en la rapidez con que estas vuelven a su lugar en cuanto se retorna a la civilización, pues el lado miserable y egoísta del ser humano está por encima de cualquier aprendizaje obtenido en una situación extrema.
En lo que no hay duda alguna es que, en cuanto a posicionamiento social, Send Help (Enviad ayuda) es prima hermana de Arrástrame el infierno (2009). Su retrato inicial del ambiente corporativo resulta igual de inhumano y de desagradable, y pese a sus claras diferencias, hay una cierta similitud en el espíritu inicialmente inocente, pero al mismo tiempo algo servil, tanto de Linda Liddle (Rachel McAdams) como de Christine Brown (Alison Lohman).
La diferencia está en que, si empatizábamos con esta última porque debía asumir las (mortales) consecuencias de una mala decisión, en cambio el guión de Shannon y Swift busca la identificación del público a través de un encadenamiento de humillaciones por parte de su nuevo jefe, Bradley Preston (Dylan O’Brien), que causa que el accidente de avión que marca el primer punto de giro de la historia sea voluntariamente catárquico. Algo en lo que el propio Raimi incide a través de una serie de violentos gags visuales que sirven como lección, digna de EC Comics, para los causantes del bullying a la protagonista.
Desde que el largometraje llega a la isla, se genera una tensión creciente entre los personajes de McAdams y O’Brien que, por suerte, ni deriva en romance ni en una mayor comprensión entre ambos. En ese sentido, el guión de Shannon y Swift, cabe apuntar que con reescrituras de Scott Beck y Brian Woods bajo la supervisión de Raimi, bebe mucho más de Barrie y de Wertmüller (seguramente sin ser conscientes de ello) que de los derivados en los que se han inspirado.
Send Help (Enviad ayuda) desemboca en un juego de poder cada vez más cruel en el que, secuencia a secuencia, el director no solamente va aumentando la desconfianza entre sus dos protagonistas, sino también la violencia que se ejercen mutuamente, lo que genera asimismo un aumento de las dosis de fluidos orgánicos muy próximas al terreno del splatstick.
Lo que resulta un tanto desconcertante es que la cámara de su colaborador habitual, Bill Pope, no se enloquezca tanto como en sus películas más populares, sino que mantenga un cierto clasicismo expresivo que provoca cierto choque visual entre el (aparente) salvajismo de algunas secuencias y la puesta en escena de Raimi. Cierto es que, desde Un plan sencillo (1998), el director ha ido abundando cada vez más en un estilo más reposado, menos extremo, pero normalmente hay una cierta concordancia con la intencionalidad genérica del proyecto, que aquí, paradójicamente, no se da.

En todo caso, más allá de un giro final sospechosamente parecido al de El triángulo de la tristeza, lo más cuestionable de Send Help (Enviad ayuda) está en que el uso que Raimi y Pope hacen de la Alexa 35 no enfatiza visualmente el empleo de efectos físicos dentro de las set pieces violentas. Al contrario, como muchas producciones contemporáneas, con el empleo de cámaras digitales se produce una cierta sensación de ultrarrealismo en la imagen que provoca que, en este caso, los salpicones de sangre y vómitos parezcan tan artificiales como algunas de las secuencias ambientadas en la isla, pero claramente rodadas en estudio y con fondos CGI añadidos.
No deja de ser paradójico, teniendo en cuenta que Raimi no llegó a un acuerdo para producir el largometraje con Columbia Pictures porque le pedían que la estrenara directamente en streaming… Y a nivel visual, algunas de las decisiones tomadas por el director apuntan a un conformismo próximo a la producción media de Netflix.