No es de extrañar que Rose Byrne esté cosechando multitud de premios gracias a Si pudiera, te daría una patada. Su directora y guionista, Mary Bronstein, le ha ofrecido un papel complejo y lleno de matices, tanto a nivel cómico como dramático. Por Tonio L. Alarcón

Durante las entrevistas promocionales de Si pudiera, te daría una patada (2025), su directora y guionista, Mary Bronstein, reflexionaba sobre que, en su opinión, el relato cinematográfico resulta más universal cuando más específico es.
Por eso se decidió a escribir sobre su propia angustia existencial cuando, durante un tratamiento por una enfermedad grave, le tocó alimentar a su hija mediante una sonda gástrica en un motel, mientras su marido, el montador Ronald Bronstein, trabajaba en la edición de Diamantes en bruto (2019) para los hermanos Safdie.
De ahí nació la semilla de un largometraje que, de forma inevitable, ha ido más allá de la simple descripción de una situación angustiosa, con un punto (voluntariamente) cronenbergiano. Lo que ha acabado retratando, a través de un filtro pesadillesco, es la continua crisis de ansiedad que supone la maternidad dentro de un contexto social tan egoísta, tan individualista, que pone por delante la satisfacción propia a la conexión profunda con aquellos que nos rodean.
No es casual, en ese sentido, que su personaje principal, Linda (Rose Byrne), ejerza como psicoterapeuta. La frustrante relación establecida con el frío encargado de su terapia (Conan O’Brien) funciona como proyección de su propia disfuncionalidad como profesional. Desde el momento en que la angustia, el sentimiento de culpa, sumergen a la protagonista en una disociación mental que dificulta que empatice con los demás, resulta imposible que ayude a sus pacientes.
Ahí encaja la figura de Caroline (Danielle Macdonald), que representa físicamente el conflicto interno que puede despertar la experiencia de la maternidad. Pues, como bien sabe la protagonista, puede llevar a hacer convivir un amor, en su intensidad, casi doloroso, con unas incontrolables ganas de eludir la (asfixiante) responsabilidad que supone. Que sea incapaz de abordar esa angustia en su cliente, ni ayudarle a convivir con ella, subraya su propia imposibilidad de (re)conciliarse con el hecho de haber sido madre.
De esa necesidad de reflejar, desde una perspectiva subjetiva, la ansiedad existencial de Linda parten las decisiones expresivas que Bronstein ha tomado mano a mano con su director de fotografía, Christopher Messina.
Por una parte, la abundancia de primeros planos y planos medios de Byrne, pues, al tratarse de un relato casi en primera persona, su interpretación ha de servir como guía y como ancla emocional cara al espectador. Y por otro lado, la publicitada elección de dejar el rostro de su hija (Delaney Quinn) en off visual hasta el último plano del largometraje. Lo que nos hurta una conexión emocional más profunda entre los personajes, precisamente, porque la propia protagonista ha construido un muro a su alrededor a base de alcohol, drogas blandas y otro tipo de adicciones.

Con la intención de dotar a Si pudiera, te daría una patada de una energía especialmente cruda, en bruto, Bronstein y Messina han querido rodar gran parte del metraje en celuloide. Para lo que han usado una Arricam LT 35, en la mayoría de ocasiones, cámara al hombro, y con focal fija. Una elección que le da una pátina de proximidad, de realismo, a unos encuadres en los que se ha prescindido casi por completo de las luces cálidas para transmitir el distanciamiento emocional que está estableciendo su personaje principal.
En todo caso, cabe apuntar que la película también tiene muchas secuencias nocturnas, alguna de ellas rodadas con muy pocas fuentes de luz: véanse, por ejemplo, las inquietantes secuencias iluminadas por la máquina que bombea el alimento por la sonda gástrica. Eso ha obligado a hacer convivir a los 35 mm con formatos digitales como los de la Alexa 35 y la Sony FX9, que ofrecen un rendimiento mucho mejor en condiciones de baja luminosidad.
Lo interesante del trabajo de Bronstein es que, en el planteamiento expresivo que hace del mundo pesadillesco de Linda, convive lo explícito con lo sutil. O lo que es lo mismo, ideas abiertamente cronenbergianas, como ese agujero para la sonda gástrica que funciona también como proyección fantasmal del (ya desaparecido) cordón umbilical, y un trabajo con la banda de sonido que ha supuesto prescindir de la música de apoyo para darle una preeminencia cada vez mayor de detalles inquietantes como el pitido de la máquina de la sonda o el tic-tac del reloj de la consulta.
Todas ellas construidas, en todo caso, con efectos prácticos, reduciendo el uso del CGI al borrado de algún detalle, con el objetivo de conseguir una sensación mucho más orgánica, más inmediata.

Una conexión con el espectador que sería, claro está, imposible sin el concurso de una Byrne que, desde Todo sobre mi desmadre (2010) y La boda de mi mejor amiga (2011), ha ido construyendo una carrera paralela en la comedia que le ha permitido controlar su vis humorística a la perfección en series como Physical (2021-2023) o, sobre todo, Platónico (2023-).
No hay muchas actrices, en la actualidad, con esa capacidad para dominar un registro tan rico como el que la australiana despliega aquí para Bronstein, pasando de lo dramático a lo peripatético incluso en el mismo plano. Y sin miedo a que la cámara se acerque tanto como para hacer emerger todas las imperfecciones de su rostro.