Que los dos largometrajes con más nominaciones en los próximos Oscars, Los pecadores y Una batalla tras otra, hayan sido producidas por Warner pone sobre la mesa un tema esencial: las consecuencias de la adquisición de la major por parte de una compañía de streaming, Netflix, totalmente desinteresada del negocio de las salas cinematográficas. Por Tonio L. Alarcón

En la sangrantemente certera serie The Studio (2025-), su protagonista, Matt Remick (Seth Rogen), le pregunta a Ted Sarandos, interpretándose a sí mismo, cómo logra que todos los cineastas con películas producidas por Netflix le nombren al recibir un premio. El CEO del gigante del streaming le contesta que están obligados por contrato, pues es consciente de que los artistas acostumbran a olvidarse de la figura de los bean counters, los contables, como ellos.
Puede parecer un simple chiste industrial, pero en él radica el principal conflicto que plantea la compra por parte de Netflix de un gran estudio cinematográfico como Warner Bros.
Hay que pensar que se trata de uno de los pocos que todavía conservaba el hálito de estar orientado hacia los directores que había impuesto Jeff Robinov durante su etapa como presidente de la compañía, entre 2008 y 2017. Una época durante la cual estableció relaciones estrechísimas con autores del peso de Clint Eastwood, Christopher Nolan, Baz Luhrmann, Zack Snyder o Ben Affleck, entre otros.
En cambio, aunque Sarandos y su equipo han coqueteado con el cine de prestigio con proyectos como Roma (2018), El irlandés (2019) o Mank (2020), su interés en el mismo es puramente publicitario. Mera creación de imagen de marca. Porque, en realidad, son perfectamente conscientes de que lo que quiere su público mayoritario es contenido, contenido y más contenido. De ahí su interés en la adquisición de Warner: en lo suculento de la incorporación de su catálogo.
La etapa Zaslav
No obstante, para entender la globalidad de la situación hay que echar la vista atrás, hasta la llegada al frente de la compañía de un directivo, David Zaslav, arrastrado por la compra por parte de Discovery Communications del accionariado que AT&T tenía en la major. Desde el momento de su entrada, en los mentideros de Hollywood se comentó que la intención de Zaslav no era darle nueva vida al estudio tras la debacle de la pandemia. Lo que pretendía era maquillar un poco sus libros de cuentas para hacer una posible venta de sus activos más apetecible a medio y largo plazo.
La razón es bien sencilla: al lograr su posición actual, el presidente de Warner Discovery había recibido, como parte de su remuneración, unos 660 millones de dólares en acciones de la compañía. Lo que significa que, en caso de una posible venta de las mismas, podría llegar a obtener unos beneficios personales por encima de los 1.000 millones de dólares. No hay, pues, más lecturas que hacer de las intenciones de Zaslav. Para él, como representante del resto de accionistas, se trata de una simple transacción económica que le convertiría en (más) multimillonario.

En ese contexto encaja una de sus decisiones más polémicas: la cancelación de proyectos, algunos de ellos ya rodados, para quitarle peso económico a los impuestos pagados por Warner. Es el caso de películas ya finalizadas, y al borde del estreno, como Batgirl, Scoob! Holiday Haunt o Coyote vs. Acme (2026). Esa última fue, al menos, salvada por Ketchup Entertainment, pero las otras dos han desaparecido de la faz de la Tierra, sin que haya siquiera planes para recuperarlas en streaming.
Lo mismo ocurrió con una gran cantidad de contenidos de HBO Max, de los cuales se prescindió tras convertir la plataforma, a partir de la incorporación del catálogo de Discovery, simplemente en Max. Al menos, durante un tiempo. La devaluación de marca que provocó hizo que el cambio resultara meramente puntual: habría que asegurar la venta.
La guerra de ofertas
Se produjo cierta sensación de esperanza entre la cinefilia cuando, tras el anuncio de la compra por parte de Netflix, Paramount diera un paso adelante y lanzara una oferta hostil por un montante mayor. Y, realmente, sobre el papel lo parecía. David Ellison, actual CEO de Paramount, hizo público que estaban dispuestos a pagar 30 dólares por acción, en efectivo, frente a los 27,7 de Netflix en efectivo y acciones de la compañía. ¿Por qué, entonces, Zaslav y su equipo seguían dando preferencia a esta última?
La respuesta está en la letra pequeña. La oferta de Netflix está dirigida en exclusiva al propio estudio y sus diversas ramas de entretenimiento (cine, streaming, videojuegos, etc), dejando fuera la parte que provenía de la fusión con Discovery Communications.

En cambio, los 30 dólares por acción de Paramount pretendían cubrir toda la compañía, incluida Discovery. Lo que claramente resultaba una oferta a la baja, pues la oferta del gigante del streaming ofrecía a Zaslav lo que deseaba desde su entrada por la puerta grande de Warner. Es decir, una empresa despiezada, más fácil de vender en divisiones separadas que pudieran interesar a compradores muy diversos. Y, de esa manera, llenar todavía más los bolsillos de sus accionistas.
Un año brillante
El resultadista planteamiento de Zaslav puede resultar contradictorio respecto al hecho de que, en 2025, Warner haya cuajado éxitos de taquilla como Una película de Minecraft (958,3 millones de dólares), Superman (616,8 millones), Expediente Warren: El último rito (494,7 millones), Los pecadores (368,3 millones), Destino final: Lazos de sangre (316 millones) o Weapons (269,1 millones). En el fondo, sin embargo, no lo es.
En realidad, para la compañía solamente ha habido dos apuestas fuertes. La primera, basada en una IP propia, como es el reboot del Hombre de Acero a manos de James Gunn. La segunda, un resbalón taquillero, que sin embargo está funcionando como un tiro en la temporada de premios, como fue Una batalla tras otra.

En cambio, en las siguientes dos películas más caras del grupo, Una película de Minecraft y Los pecadores, Warner no ha estado implicada dentro de la producción: una de ellas es responsabilidad de Legendary Pictures y Vertigo Entertainment, y la otra, de Proximity Media. La labor del estudio ha sido, pues, meramente de distribución.
Uno de los aspectos fundamentales del buen año taquillero de Warner es que el resto de éxitos son apuestas terroríficas de New Line Cinema. Un sello propio que, como parte de su filosofía de producción, ha sacado adelante proyectos de presupuesto medio, o medio alto, a caballo entre los 38 millones de dólares que costó Weapons y los 55 de Expediente Warren: El último rito.
Teniendo en cuenta, además, que tanto esta última como Destino final: Lazos de sangre partían de IPs con una trayectoria más que contrastada, el riesgo asumido con las mismas era, en realidad, muy bajo.
Consecuencias por valorar
Las numerosísimas reacciones en contra del acuerdo de compra de Warner, que han amenazado con ensuciar la imagen pública de la marca, obligaron a que Sarandos saliera al paso con unas declaraciones en las que aseguraba que la intención de Netflix era respetar la idiosincrasia del estudio. Incluso mencionó, detalle nada baladí, que estaban dispuestos a respetar la ventana de 45 días que, hasta el momento, ha mantenido la major, pese a que la política de la plataforma de streaming siempre ha sido otra: limitar los estrenos cinematográficos al mínimo necesario para hacer que sus películas puedan competir en la temporada de premios.
Algo parecido cabe decir de otra de las grandes marcas de Warner, HBO, y la competencia que ha supuesto siempre, desde la eclosión del streaming, para la propia Netflix. La intención, aseguran los directivos que trabajan a las órdenes de Sarandos, es que ambas plataformas sigan operando por separado… Pero al mismo tiempo remarcan que solamente a corto plazo.

Porque, aunque Netflix esté muy bien situada dentro del sector, siempre ha ansiado algo que el acuerdo con Zaslav le puede proporcionar: un montón de IPs propias popularísimas, tanto cinematográficas como televisivas, con las que alimentar su insaciable algoritmo de programación.
Además, como había apuntado unas líneas más arriba, la compra va acompañada de la absorción del gigantesco catálogo de Warner, que es, junto a la división de videojuegos de la major, uno de los principales intereses del gigante del streaming. Ahí se enmarca también el acuerdo al que han llegado con Sony Pictures para lanzar sus estrenos en exclusiva una vez se agoten sus ventanas de exhibición. La cuestión es engordar la oferta de contenidos a disposición de los usuarios de Netflix reduciendo al mínimo la negociación de derechos.
Lo que nos lleva a la cuestión principal. ¿Hasta qué punto, una vez se asiente el acuerdo, seguirá respetando Netflix el funcionamiento original de las compañías pertenecientes a Warner? La clave está en un indicador financiero: el ratio de endeudamiento de la compañía de Sarandos, que siempre ha logrado mantener por debajo del 1.0. En el momento en que esa cifra se eleve en exceso, y ponga en peligro la situación económica de una empresa que siempre se ha movido a golpe de deuda a largo plazo, comenzarán los recortes y los despidos masivos.
No creo que sea difícil imaginar que lo primero que sufrirá reducciones será el negocio cinematográfico de la major recién comprada. Al fin y al cabo, lo último en lo que piensa el mundo de la empresa ultracapitalista es en el legado histórico de uno de los grandes estudios de la era del Hollywood clásico. Eso es cosa de artistas, no de bean counters.