Tras la renuncia de Jang Joong-hwan, el director de Salvar el planeta Tierra, a llevar adelante su remake americano, ha sido Yorgos Lanthimos, con producción de Ari Aster, quien lo ha reinterpretado, desde una perspectiva más autoral, en Bugonia. Por Tonio L. Alarcón

Solo dentro de la época de máximo apogeo popular y económico del cine surcoreano, apoyado en la legislada obligación por parte de las chaebols (los grandes conglomerados del país) de invertir en el mismo, podía surgir una ópera prima tan loca y tan arriesgada como Salvar el planeta Tierra (2003).
No únicamente porque su director y guionista, Jang Joon-hwan, llevara al paroxismo la tendencia de la cinematografía autóctona a la mezcolanza genérica, sino también porque tuvo el atrevimiento de someter al espectador a un terremoto de giros argumentales y/o emocionales. Una auténtica montaña rusa sostenida sobre el duelo interpretativo entre una estrella joven que había saltado a la fama gracias a Joint Security Area (JSA) (2000), Shin Ha-kyun, y un actor de larga trayectoria televisiva como Baek Yoon-sik.
Dos generaciones de intérpretes que representaban, tras las chifladuras genéricas concebidas por Jang, el choque entre la Corea del Sur empresarial, obsesionada por el crecimiento económico a toda costa, y los jóvenes asfixiados por la falta de perspectivas dentro de un contexto dominado, de forma paradójica, por las chaebols que ayudaron a que el cine surcoreano pudiera sostener un proyecto como Salvar el planeta Tierra.

A diferencia de la energética narrativa de Salvar el planeta Tierra, Yorgos Lanthimos ha optado por ofrecer en Bugonia (2025) una relectura de la misma más próxima a su universo creativo particular. Esto es, un relato construido como un lento crescendo hacia el absurdo, partiendo de una cotidianeidad retratada de forma lánguida, casi perezosa. De ahí que necesite los mismos minutos que la película original, 118, para desarrollar una versión mucho más compacta (y menos compleja a nivel de desarrollo de personajes) de los acontecimientos que aquélla ofrecía.
Lanthimos se esfuerza, desde el primer plano, por dejar claro que está creando una película de autor, mientras que la autoría de Jang procedía de su utilización de los recursos narrativos del blockbuster de la época para construir una obra libérrima, desprejuiciada. Y por eso mismo, sin la sensación de estar encadenada a las expectativas sociopolíticas de las que está cargado el guión de un Will Tracy que sigue persiguiendo reiterar la buena recepción de su trabajo para El menú (2022).
Sobre el papel, la idea central creada, en su momento, por Jang, era un huis clos que, a grandes rasgos, remitía a obras como La huella (1972) o La trampa de la muerte (1982). Como allí hicieran Mankiewicz y Lumet, pero desde una sensibilidad estética mucho más contemporánea, el surcoreano subvertía de forma continua tanto las expectativas como los posicionamientos del espectador, explotando la imagen popular de sus actores protagonistas para alterar toda posible simpatía… Incluso logrando convertir a un personaje tan sociopático como el de Lee Byeong-gu (Shin) en una figura trágica y conmovedora.

Un juego narrativo que Lanthimos y Tracy no saben o, más bien, no quieren establecer. Una renuncia que parte de la misma contratación de Emma Stone para interpretar el personaje del empresario secuestrado. Desde el momento en que una estrella femenina asume semejante rol, la inclinación del público está preestablecida, porque su imagen de vulnerabilidad desequilibra la balanza. Y más cuando se la enfrenta a un actor tan popular por abordar villanos o figuras desquiciadas como Jesse Plemons.
Podría argüirse que Bugonia retrata una realidad más amarga, más distópica, que la que reflejaba Salvar el planeta Tierra. Pero supondría quedarse en la superficie de una obra que buscaba, de forma voluntaria, un contraste entre su forma (puro espectáculo desatado) y su trasfondo (que profundiza en las disfunciones de una sociedad asfixiada por el resultadismo económico). No es casual que tras la financiación de este remake estén Ari Aster y su productor habitual, Lars Knudsen.
Como su también reciente Eddington (2025) (que, es importante señalar, iba a protagonizar también Stone), late tras ella una clara intención de retratar con cierta gravedad, no exenta de un bronco sentido del humor, el caldo de cultivo que llevó a que Donald Trump fuera reelegido como presidente de los Estados Unidos. Desde esa perspectiva hay que (re)interpretar su enloquecido tramo final, equivalente al que proponía originalmente Jang, pero con un mensaje mucho más directo y un imaginario visual menos pulp.
Lanthimos y su director de fotografía, Robbie Ryan, ya habían rodado la secuencia de la reanimación de Pobres criaturas (2023) en VistaVision, y aquí se unen a la reivindicación del formato que habían realizado cineastas como Brady Corbet y Paul Thomas Anderson en The Brutalist (2024) y Una batalla tras otra (2025). Cabría preguntarse si una película que transcurre, en gran parte, en interiores, realmente le saca todo el partido a esta variante de los 35 mm más allá de las tomas en localización.
Resulta interesante, en todo caso, el trabajo con la iluminación y los colores de Lanthimos y Ryan, distinguiendo el universo de Michelle (Stone) por su luz natural y sus entornos arbolados, y el de Teddy (Plemons) y su primo Don (Aidan Delbis) por el uso de fluorescentes y construcciones artificiales.
Una diferenciación que está apuntando directamente hacia el giro final que ya presentaba Salvar el planeta Tierra, de nuevo enfatizando el posicionamiento de sus responsables en lugar de permitir, como el original, que el público tome sus propias conclusiones.