'El cautivo' © Lucía Faraig / Imagen cortesía de Disney

Crítica ‘El cautivo’: Las mil y una historias

septiembre 19, 2025
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Tras Mientras dure la guerra, Alejandro Amenábar vuelve a hablar de los grandes nombres de nuestra literatura, si bien en El cautivo emplea una figura tan venerada como Cervantes para construir una sugerente reflexión sobre el proceso creativo. Por Tonio L. Alarcón

‘El cautivo’ © Lucía Faraig / Imagen cortesía de Disney

Uno de los tropos que se reitera a menudo dentro del cine de Amenábar, e incluso se filtra en alguna de sus obras de prestigio desde la época de Abre los ojos (1997), es el de la manipulación del punto de vista que se le ofrece al espectador respecto al relato que se le está contando.

Películas como Los otros (2001) o Regresión (2015) son la antítesis del concepto hitchcockiano del suspense: si este último le ofrecía al público más información que a sus propios protagonistas para, así, generar tanto tensión como expectativas, en cambio el hispano-chileno suele ocultar lo que, en realidad, está ocurriendo para desviar la atención, hacer creer al consumidor que está viendo un tipo de historia para, tras un golpe de efecto, revelarle que estaba asistiendo a algo totalmente distinto.

Ese jugueteo tan amenabariano con la narrativa alcanza su forma más depurada y, como es lógico, más interesante, en la aproximación a la figura de Miguel de Cervantes que ofrece en El cautivo (2025). Porque lo que el director, y coguionista junto a Alejandro Hernández, ha construido no es un recorrido biográfico, ni siquiera una fantasía (que también lo es) sobre la historia del creador de El Quijote, sino más bien una reflexión sobre el propio acto creativo que empieza por la propia naturaleza del largometraje.

‘El cautivo’ © Lucía Faraig / Imagen cortesía de Disney

No es casual, en ese sentido, que su arranque nos presente escribiendo a un Cervantes anciano (Wenceslao Perez), o que la voz en off del clérigo y escritor Antonio de Sosa (Miguel Rellán) esté siempre presente. Amenábar pretende dejar claro que está construyendo su narración desde una perspectiva externa, alejada en el tiempo, con las imprecisiones y los embellecimientos que ello implica.

El título del largometraje juega de forma voluntaria con la posible carga autobiográfica de la historia del capitán cautivo que Cervantes desarrolló en los capítulos XXXIX, XL y XLI de la primera parte del El Quijote, pues plantea el proceso de desarrollo, pulido y perfeccionamiento de la misma a través de la transmisión oral.

Lo interesante de las continuas fugas narrativas en las que el largometraje (re)construye el relato que se va formando en la cabeza del personaje de Julio Peña es que, a su vez, genera una serie de rimas y correspondencias que, al desdibujar por momentos los límites entre lo real y lo imaginario, enfatizan la idiosincrasia ficcional de la narrativa de Amenábar. Y, con ello, la libertad absoluta con la que el director se ha aproximado a la obra cervantina, utilizándola para expresar una fascinación por las culturas precristianas que, en un sentido algo distinto, ya impregnaba su anterior Ágora (2009).

No es difícil ver en las interacciones de Cervantes con el beylerbey Hasán Bajá (Alessandro Borghi) una referencia más que directa a la estructura de seducción oral (y de supervivencia) de Las mil y una noches.

‘El cautivo’ © Lucía Faraig / Imagen cortesía de Disney

Estableciendo un curioso juego metatextual con una obra de semejante calado, que hay que recordar que, en realidad, recopila cuentos tradicionales de origen persa, Amenábar también hace que su protagonista no emplee solo sus propias historias, sino también las de los diversos clásicos de la literatura española que le proporciona De Sosa. Con lo que el director no solamente pretende subrayar la naturaleza del propio Cervantes de heredero de toda una tradición novelesca y, en general, cultural: no hay más que ver la trascendencia que le proporciona a la lectura de un fragmento de La vida de Lazarillo de Tormes, así como a la reacción que provoca su negrísimo sentido del humor. También plantea la importancia para cualquier creador de ser consciente de todo lo que le ha precedido, para así comprender, asimilar, y si es necesario, trascender, pero siempre con pleno conocimiento de causa.

En la dirección de fotografía, Amenábar ha vuelto a contar con Álex Catalán, con quien ya había rodado tanto Mientras dure la guerra (2019) como La Fortuna (2021), y junto al cual ha empleado una Arri Alexa 35, con lentes anamórficas Arri/Zeiss Master, para darle a la imagen una textura árida, asfixiante, que recuerda a las atmósferas exóticas de una parte del cine de Ridley Scott.

El cautivo tiene, eso sí, una voluntad narrativa mucho más clásica, más narrativa que expresiva. De ahí que su mayor juego con la colorimetría esté en cómo entre esos tonos voluntariamente apagados, obtenidos tanto a través del diseño de producción como del digital intermediate, se vayan colando cada vez más destellos de color a medida que Cervantes se abre a la fascinación que le provoca Argel: quizás la secuencia en la que se hace más evidente ese contraste es aquélla en la que al escritor se le permite, por primera vez, salir de su prisión, y en la que porta una llamativa naranja en la mano.