Parecía que El hombre invisible iba a marcar un camino mucho más interesante para los monstruos de Universal, pero la pobre recepción de Hombre lobo apunta a que quizás Leigh Whannell no tiene todas las respuestas a la actualización de los mitos clásicos. Por Tonio L. Alarcón

Vista con la perspectiva del tiempo, la decisión de Universal de intentar imitar al MCU lanzando un Dark Universe basado en el díptico formado por Drácula, la leyenda jamás contada (2014) y La momia (2017) mientras, en paralelo, eclosionaba el movimiento del terror elevado, seguramente fuera una de las decisiones empresariales más miopes del cada vez más torpe Hollywood contemporáneo.
Lógico, pues, que sus responsables se agarraran al clavo ardiendo de la buena acogida de crítica y público a una película, en realidad, tan modesta como El hombre invisible (2020). De ahí partió la decisión de dejar la modernización de sus grandes mitos terroríficos en manos de Blumhouse Productions, con quien Universal estableció en 2014 un first-look deal. Una opción, por lo tanto, sin excesivo riesgo, sobre todo porque el equipo de Jason Blum acostumbra a trabajar con presupuestos muy ajustados (su filosofía es que actores y técnicos cobren el mínimo sindical y completen su sueldo con dividendos del largometraje), lo que hace más sencillo que se obtengan beneficios de sus producciones.
Esa filosofía de hacer mucho con poco es, precisamente, lo que conectó a Leigh Whannell con Blum. Al fin y al cabo, tenía a su cargo dos películas finiquitadas con no demasiado dinero, pero tan resultonas como Insidious: Capítulo 3 (2015) y, sobre todo, Upgrade (Ilimitado) (2018), que a día de hoy sigue siendo su mejor película como director.

Por eso, cuando el director y guionista asumió El hombre invisible, lo hizo pensando en ajustar costes: ambientación contemporánea, pocos personajes principales, unos cuantos escenarios y, especialmente, un juego expresivo con los espacios vacíos que le permitía reducir al mínimo el uso de efectos especiales. Una compresión narrativa que lleva a un extremo todavía más ascético en su nueva propuesta de relectura de un monstruo de la Universal, Hombre lobo (2025), hasta el punto de que el resultado puede considerarse un huis clos con tres personajes principales, un arco temporal muy breve (una sola noche) y una única localización.
Asegura Whannell que el concepto de la película surgió durante la época del confinamiento, y realmente la aproximación al mito de la licantropía que propone el guión que ha escrito junto a su mujer, Corbett Tuck, tiene más que ver con el miedo a la infección que con la idea del doppelgänger, el doble perverso, que flota sobre la visión tradicional del concepto.
Esto conecta de forma directa Hombre lobo con la principal influencia (confesa) del director, el cine fantástico de los 80, época en la que flotaba en el ambiente la pesada sombra del SIDA y otras enfermedades infecciosas, lo que impregnó de forma instintiva una aproximación al horror muy física, repleta de transformaciones dolorosas, pústulas y derramamientos continuos de sangre.
En la película hay, de hecho, una vocación de recuperar el sentido del efecto físico a la hora de transmitir al espectador el tortuoso proceso de mutación que sufre Blake Lovell (Christopher Abbott). No hay duda de que las encargadas de la transformación, Arjen Tuiten y Pamela Goldammer, se han esforzado en dotarla de verosimilitud, pero la necesidad de distanciarse de hitos como Aullidos (1981) o Un hombre lobo americano en Londres (1981) provoca que el resultado sea un tanto insípido, en exceso clínico, y desde luego en absoluto icónico.
Tampoco ayuda a hacerlo memorable el protagonismo que adquieren los efectos digitales a la hora de transmitir al espectador cómo, poco a poco, va cambiando la forma de percibir el mundo del personaje principal. Ahí está, no en vano, seguramente lo más original que aporta Whannell (y la mejor metáfora sobre la incomunicación de todo el largometraje), que sin embargo no tiene audacia narrativa suficiente como para sostener esa visión alternativa durante más allá de unos segundos.

A ese respecto, quizás lo más sugerente de Hombre lobo es la lectura que puede hacerse de la licantropía como una forma de transmisión por parte del padre de Blake, Grady (Sam Jaeger), de un concepto tóxico de la masculinidad que se diría inherente a la remota zona boscosa en la que vivían. Eso la conectaría de forma mucho más directa con la tesis que manejaba El hombre invisible.
Y ahí encajaría, desde luego, el brevísimo episodio con el amenazante vecino que interpreta el actor fetiche de Whannell como director, Benedict Hardie (uno de los principales villanos de Upgrade (Ilimitado)). Pero, sobre todo, eso explicaría la elección como protagonista de un artista de registro tan perturbado(r) como Abbott. Por más esfuerzo que ponga en ello, resulta difícil creérselo como el padre cariñoso y divertido que intenta vendernos al principio del metraje… En cambio, cuando pasa a comportarse de forma más agresiva, más inquietante, se le ve mucho más cómodo dentro del papel. De la misma manera que a Julia Garner, como a priori demanda su papel, se la nota más a gusto haciendo de profesional liberal que cuando ha de proteger a su hija Ginger (Matilda Firth).