Un sobresaliente Robert Pattinson lidera la primera película de Bong Joon-ho post-Parásitos: una sátira anticapitalista en clave espacial, vistosa y divertida, aunque algo descompensada. Por Juan Galarza

En diciembre de 2022, Warner Bros. publicó un primer adelanto de Mickey 17, la primera película de Bong Joon-ho tras el fenómeno de Parásitos. Se trataba de un breve vídeo, de apenas unos pocos segundos, que mostraba a Robert Pattinson en un ambiente futurista, desvestido y reposando en una especie de incubadora. Durante casi dos años, esas misteriosas imágenes de Pattinson supusieron, prácticamente, todo nuestro conocimiento sobre el proyecto.
Ese primer teaser apuntaba a un estreno a principios de 2024, pero durante los meses posteriores, la película, rodeada de incertidumbre y rumores de un posible descontento desde el estudio, no haría más que acumular aplazamientos de su fecha de lanzamiento. No sería hasta las semanas previas a su estreno internacional, finalmente en el pasado mes de marzo que se desvelaron más detalles sobre el carácter formal y tonal de la película; los pósteres y anuncios finales anticipaban una nueva sátira del director surcoreano, adaptando en esta ocasión la novela Mickey 7 de Edward Ashton.
Los primeros compases del largometraje resultan bastante atractivos y son los que permiten intuir los porqués del interés de Bong por el texto de Ashton: Mickey Barnes (Robert Pattinson) es un joven que fracasa en un plan de negocio con un amigo y que, al verse amenazado por sus peligrosos prestamistas, se apunta a la desesperada a una misión espacial para ser un “prescindible”: un trabajador clonable y desechable que es enviado a misiones peligrosas sabiendo que puede morir, ya que será reemplazado inmediatamente por una nueva versión suya.

Mickey es, desde su concepción un personaje muy bongiano o, por lo menos, alineado con los protagonistas de Parásitos; un individuo con el agua al cuello, tentado por la ilusión de la movilidad y el ascenso social, que no tardará en darse de bruces ante la cruel realidad en la que solo ganan los poderosos. Le da vida Robert Pattinson, quien se muestra, una vez más, como un actor con una plasticidad extraordinaria; entrañable, divertido y tremendamente flexible cuando coexisten dos Mickey y debe darle distintos matices a cada uno.
En esos momentos de comedia de enredos, con un Pattinson por partida doble y Bong rizando el rizo, la película funciona con más solvencia que en su faceta de sátira anticapitalista, especialmente porque esta enfrenta una condición algo extraña.
Por un lado, Mickey 17 capta y deforma con gracia nuestro presente. Su protagonista, como clon infinito, es un convincente espejo de la deshumanización del trabajador en el posfordismo, una pieza pequeña y sustituible en el gran engranaje del capitalismo. Igualmente, la misión espacial encabezada por un magnate megalómano interpretado por un histriónico Mark Ruffalo remite a los sueños espaciales de Elon Musk.
Sin embargo, la obra adolece de cierta inoperancia subversiva: posiblemente por los años que han pasado desde que se escribió y se rodó, da la sensación de que poco puede aportar a nuestro convulso presente más allá de la bienintencionada caricatura. No funciona tampoco como relato distópico porque Donald Trump y Elon Musk, dos de los personajes que Mark Ruffalo parece mezclar en su interpretación, ya dirigen a la mayor potencia de nuestro planeta.

Pasada más o menos su segunda mitad, la película vira casi por completo hacia una aventura de ciencia ficción, en la que Bong Joon-ho saca a relucir su talante ecologista y animalista, ya presente en trabajos anteriores como Okja. El director y guionista despliega un discurso anticolonialista a través de la interacción entre los tripulantes del equipo espacial y las especies que habitan el planeta, en una apuesta que busca más lo emotivo que lo emocionante. En este tramo, la película quizá no resulta especialmente vibrante, pero sí que es cuando más lucen sus impecables efectos visuales y de sonido, que revelan un trabajo de posproducción sumamente afinado.
Quizá también ese largo periodo entre la finalización del rodaje y su estreno explique la presencia de personajes y subtramas con los que la película no parece saber muy bien qué hacer, como si algunos elementos se hubiesen extraviado en algún punto del montaje.
La sensación general es la de una obra algo descompensada, imperfecta, aunque eso no le impide alcanzar un nivel de riesgo y lucidez suficientes como para convertirse en un blockbuster entrañable y luminoso, que por momentos deja la sensación de que, con autores como Bong Joon-ho, aún es posible construir grandes aventuras que no se refugien en un escapismo cínico, sino que aspiren a decir algo sobre el mundo en que vivimos.