La crónica de hoy se la dedicamos a las atrevidas, aquellas propuestas descorsetadas y radicales que plantean relatos distintos a través de otras formas. Por Belit Lago

Y empezamos con una de las sesiones más celebradas de la Competición. El público de Cannes, en general, no brilla por su efusividad, pero la celebración de Hope al final de su proyección (por lo menos en la sala Agnès Varda) fue la más contundente de las vividas este año. Por un segundo, la emoción nos trasladó (a algunos) al Auditori del Melià de Sitges, y con este pensamiento espontáneo también aparecieron las ganas de compartir la experiencia con los amantes del género.
Que Thierry Frémaux se haya atrevido a programar esta barbaridad en Sección Oficial es un grito a la diversidad cinematográfica que abraza, también, el cine fantástico; sin dudar ni un solo momento que la película se merece estar donde está.
El coreano Na Hong-jin, director de El extraño —presentada en Cannes fuera de concurso en 2016—, llega a la costa azul con un objetivo clarísimo: impedirnos respirar durante 160 minutos, ya sea por la tensión, la estupefacción o las risas. Estamos frente a una monster movie de acción en la que Alien parece haberse comido a Avatar, y no es broma.

Con una primera hora apabullante, donde dos policías acompañados de algunos habitantes del pueblo de Hope intentan dar caza a la gigantesca criatura que está arrasando con todo y todos, el film sigue dando caña hasta el final; aunque habrá quien dude de unas decisiones de guion tan locas que lo mejor, como siempre que nos encontramos en una sala de cine, es dejarse llevar.
Arthur Harari, coguionista de Anatomía de una caída (2023) junto a Justine Triet, estrena en Cannes una de las propuestas más intrigantes de la edición. L’inconnu es una historia de posesiones que apuesta por un lenguaje crudo cuya “imperfección estética” juega a su favor, recordando a directores patrios como Marc Ferrer o Ion de Sosa.
Un estudio sobre la mirada que pone en paralelo el acto de fotografiar y el de acostarse con alguien, entendidos ambos como una especie de absorción del alma ajena que aquí se utiliza para confrontarnos con quién somos y con quién, en algún momento, decidimos dejar de ser.

Con un par de momentos oníricos —a destacar cuando el personaje de Léa Seydoux se besa a sí misma— y atravesada por la música intrigante de Andrea Poggio, una especie de sintonía terrorífica y placentera al mismo tiempo, este misterioso estudio de la identidad y el deseo, protagonizado por un Niel Schneider tan irreconocible como perturbador —lo que le va genial al tono del film—, tiene todos los números para estar entre las favoritas de aquellos que, entre tanta narrativa convencional, buscamos un poco de aire fresco e ideas nuevas.
El director de Drive (2011) llevaba diez años sin dirigir un largometraje. Desde The Neon Demon, que compitió por la Palma de Oro en 2016, el danés se había centrado en otro tipo de contenido audiovisual, avivando las ganas de sus seguidores de ver en qué estaba trabajando. Pues ha llegado el día: Her Private Hell ha tenido su estreno mundial en Cannes —aunque en esta ocasión fuera de competición— y las reacciones no han tardado en aparecer. Las primeras, desde dentro de la sala: durante toda la sesión la gente se ha ido levantando de sus butacas, y no precisamente para ir al baño.
Críptica, exagerada y teatral, no todo el mundo está preparado para su universo, un pozo de ensoñaciones surrealistas con violencia testosterónica y maniquíes ultrafeminizados que habitan un espacio inexistente donde la niebla trae consigo todos los males.

Fiel a su estética de neón, los movimientos lentos de cámara, el contraste entre el rojo sangre y el azul eléctrico y una oscuridad abismal que absorbe tanto a sus personajes como al público, Nicolas Winding Refn apuesta por el artificio como estrategia fílmica para llevarnos de viaje a la película dentro de la película: otra metaficción ambigua e inclasificable que, en unos años, podría convertirse en una obra de culto.