La IA ha entrado en la creación audiovisual, y lo ha hecho con una mezcla de promesa y amenaza que no conviene subestimar. Promesa, porque abre caminos creativos y de producción antes impensables. Amenaza, porque si se utiliza sin regulación —o se deja avanzar sin control— puede convertir el sector en un terreno inestable: trabajos que desaparecen, derechos de autor difusos, procesos deshumanizados y una saturación de contenidos producidos en masa que nos aleje más que nunca de las buenas historias. Nos zambulimos en el proceso de creación audiovisual con IA a través de la experiencia de los alumnos del programa de formación ‘Inteligencia Artificial aplicada a la producción audiovisual’, organizado por la escuela El Factor H, con programa creado por el estudio creativo Lunaaran Media y dirigido por Paco Torres. Por Miguel Varela.

No podemos arrancar este artículo sin apuntar que en Rubik defendemos, sin matices, que la IA necesita regulación. Pero también defendemos algo igual de importante: el rechazo frontal y la ignorancia son un mal punto de partida para regular cualquier tecnología, o asunto trascendental en general. Porque hablar de normas, límites y garantías, primero debemos comprender qué está ocurriendo exactamente. Qué se está haciendo. Cómo se hace. Cuánto cuesta en tiempo, en decisiones y en criterio. Y, sobre todo, qué parte del proceso sigue siendo humana.
Álex de la Iglesia lo resumía hace poco con una claridad incómoda en una charla con Rubik: no es inteligente ponerse totalmente en contra de algo que ya forma parte de la vida cotidiana. Lo inteligente es entenderlo, explorarlo y regularlo. Con ese espíritu, decidimos acercarnos a la presentación final de los trabajos del curso ‘Inteligencia Artificial aplicada a la producción audiovisual‘, una formación intensiva donde los alumnos trabajaron con herramientas de IA para desarrollar piezas con narrativa, estética y sonido.
La expectativa era sencilla: conocer de primera mano la experiencia de esos alumnos trabajando con la IA. Ventajas y retos. Los entresijos del procedimiento. Los alumnos debían realizar un cortometraje, basado en un guion del director del curso, Paco Torres, titulado La matraca de Mariúpol. A partir de ahí, libertad creativa y de procesos absoluta. A continuación, ofrecemos las conclusiones que pudimos extraer tras visionar los trabajos.

La IA no “hace cine” si no hay creativos detrás
La primera conclusión que pudimos extraer es que el proceso de creación con IA tiene más de artesanal y menos de automático de lo que uno pudiera imaginar. Los trabajos de los alumnos nacían de lo más clásico que existe en esta industria: un guion. De ahí emergían decisiones personales sobre tono, ritmo, estilo visual, puntos de giro, atmósfera sonora. Después, lejos de pulsar una tecla y recostarse en la silla, toca remangarse. Porque, aunque el resultado final esté hecho con IA, lo que ocurre en el camino se parece mucho a un proceso creativo tradicional: planificación, storyboard, montaje, corrección, pruebas, reformulación, descartes…
En una industria que se mueve entre la inspiración y el método, la IA no elimina la segunda: la vuelve más intensa. En lugar de un rodaje, hay una sucesión de pruebas y errores. Y ahí, sigue existiendo lo más importante: una intención narrativa.
De un proceso a otro
Una de las sensaciones más claras al ver los proyectos fue que, detrás de cada minuto final, había muchas horas de trabajo, de “orfebrería digital”. Donde antes había cámaras, lentes, foco y dirección de fotografía, ahora hay texto, referencias, ajustes, pruebas y una pelea constante por la coherencia.
Porque la IA, por potente que parezca, no entrega de primeras resultados terminados: entrega borradores. Y el borrador, en audiovisual, rara vez emociona. Emociona la versión afinada. La que encuentra su tempo, su estilo y coherencia.
Los alumnos montaron planos, los animaron, los llevaron a edición y construyeron secuencias. Y el sonido —habitualmente olvidado cuando se habla de IA— aparecía como un elemento diferencial: ambiente, efectos, viento, disparos, música, texturas.
La IA exige paciencia y criterio en cada decisión.

La emoción sigue siendo la medida
Algo especialmente interesante fue la variedad de estilos: desde lo realista hasta lo que recuerda a la estética de un videojuego, pasando por propuestas más cercanas a lo animado o lo experimental. La IA facilita esa diversidad, porque permite explorar sin necesidad de un presupuesto de rodaje.
En varios momentos resultaba evidente que lo más potente no era lo que mostraba más, sino lo que mostraba mejor. Lo más emocionante no era el despliegue visual, sino el pulso narrativo. La puesta en escena seguía dependiendo de decisiones humanas: cómo entramos a una imagen, dónde se corta, cuánto dura un plano, qué se deja fuera, qué se escucha antes de ver…

La IA no excluye la necesidad de trabajo colectivo
Paradójicamente, el aprendizaje más humano fue comprobar que estos proyectos no nacían de un clic, sino de una dinámica colectiva. En lugar de reemplazar la colaboración, la IA replica modelos tradicionales en muchos sentidos: guion y escaleta, búsqueda de referencias, pruebas visuales, storyboard, generación de planos, montaje, sonido, coherencia estética. Todo exige coordinación.
Cada grupo construyó su propio método: ensayo y error, trabajo en paralelo, corrección constante. Y eso nos deja una idea crucial: incluso cuando el contenido se genera con IA, el proceso creativo sigue incluyendo lo social.
Si tenéis curiosidad por visionar los cortometrajes elaborados por los distintos grupos de trabajo, podéis hacerlo en este enlace.

Regular desde el conocimiento
Al salir de esta experiencia, la conclusión fue… que es difícil extraer una única “la IA es maravillosa” ni “la IA es un desastre”. La conclusión fue más útil, y quizá más incómoda: la IA es una herramienta creativa real, con impacto real, y por eso necesita debate real.
Lo que vimos en el curso demuestra que la creación con IA no elimina el esfuerzo: lo transforma. Que no elimina al creador: lo pone a prueba de un modo nuevo. Y que no elimina la necesidad de contar historias: la vuelve aún más evidente, porque cuando las posibilidades de generación de imagen son infinitas, lo que marca la diferencia es lo que esas imágenes significan a la hora de contar una historia.
El futuro de la creación no se defiende ignorando las herramientas, sino dominándolas. Y la mejor forma de proteger el sector, a sus profesionales y a sus valores, es mirar de frente lo que viene: sin miedo, desde la regulación y lo colectivo.