Carles Porta: “Del ‘true crime’ he aprendido que la maldad en el mundo no desaparece porque decidamos no mirar hacia ella”

junio 5, 2026
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Después de años consolidándose en una de las voces más reconocibles del true crime en España gracias a proyectos como Crims o Tor, Carles Porta afronta un nuevo desafío profesional: su primera serie de ficción. 33 días, producida para Atresplayer, parte de una historia real ocurrida en Lleida en 2001, cuando la fuga de dos presos de la cárcel de Ponent desencadenó una intensa búsqueda policial que se prolongó durante más de un mes. Por Miguel Varela.

Carles Porta © Fotografía de Dani Portes

Sin embargo, el interés de Porta no reside únicamente en la espectacularidad de la fuga o en la persecución posterior. Lo que le llevó a dar el salto a la ficción fue la posibilidad de explorar aquello que el periodismo y la investigación documental no pueden demostrar: las motivaciones íntimas de los personajes, sus contradicciones y los vínculos emocionales que se esconden detrás de los hechos.

Charlamos con él sobre este cambio de registro, la construcción de personajes inspirados en personas reales y la necesidad de mantener la credibilidad cuando se abandona el terreno de los hechos contrastados para adentrarse en el de la ficción.

Imagen de 33 días © Atresplayer

Rubik: Llevas muchos años contando historias reales desde el periodismo y el true crime. ¿Qué te lleva a dar el salto a la ficción con 33 días?

Carles Porta: Hay dos elementos muy importantes. Uno es el mercado. José Antonio Antón, director general de Atresmedia TV y Atresplayer, nos puso encima de la mesa una propuesta magnífica para hacer esta serie.

Pero hay una segunda razón, que para mí es la más importante: las ganas de contar buenas historias también desde la ficción. En este caso teníamos una historia muy potente, con grandes personajes, con un arco dramático muy sólido y una trama extraordinaria. En la realidad nosotros habíamos podido contar qué pasó y cómo pasó. Lo que no habíamos podido contar era por qué pasó.

Y precisamente la ficción nos permitía entrar en ese terreno. Nos permitía explorar las motivaciones, las emociones y las decisiones de los personajes. Ahí es donde nos atrevimos a dar el paso. Sentíamos que era una forma de completar el círculo de la historia.

Rubik: ¿Qué elementos de esta historia crees que pueden resultar más atractivos para el espectador de ficción?

C. P.: Yo creo que estamos ante una historia de amor en formato de thriller. Puede sonar extraño porque hablamos de dos hombres en un entorno carcelario, rodeados de una fuga, de policías y de persecuciones. Pero en el fondo hay una historia de amor muy singular.

No es una historia convencional. No es la típica historia romántica. Aquí no hay sexo. Lo que hay es una entrega absoluta por parte de uno de los personajes y una respuesta muy peculiar por parte del otro.

Ese tipo de relación, aunque aquí se produzca entre dos hombres y en unas circunstancias muy concretas, tiene elementos universales. Creo que mucha gente podrá reconocerse en determinadas dinámicas de dependencia, de lealtad o de sacrificio que aparecen entre los protagonistas.

Luego, evidentemente, está toda la trama policial. Son dos fugados a los que intentan capturar. Y también existe un contexto político muy particular, porque los Mossos d’Esquadra estaban en pleno despliegue por Cataluña y eso implicaba el repliegue de la Policía Nacional y de la Guardia Civil, algo que generaba tensiones evidentes.

Todo eso junto es lo que nos pareció atractivo para construir esta historia desde la ficción.

Imagen de 33 días © Atresplayer

Rubik: Para hacerlo habéis optado por cambiar los nombres de los personajes reales.

C. P.: Sí. Y lo hemos hecho por una cuestión de honestidad.

Nosotros hemos cambiado los nombres porque queríamos poder inventar. Queríamos ficcionar aquellas partes que intuimos, que deducimos o que creemos comprender, pero que no podemos demostrar.

Desde el respeto a las personas reales y desde el respeto al espectador, entendimos que lo más honesto era asumir claramente que estábamos haciendo ficción.

Cambiar los nombres nos daba libertad para entrar en el terreno de las emociones, de las motivaciones y de las relaciones personales. Nos permitía explorar por qué cada personaje hizo lo que hizo.

Rubik: Tú vienes de una trayectoria muy vinculada a la investigación y a la reconstrucción de hechos reales. ¿Cómo ha cambiado tu proceso de trabajo al pasar a la ficción?

C. P.: Han sido fundamentales dos cosas.

La primera es haber podido contar con un equipo extraordinario. Empezando por los guionistas —Javier Olivares, Jordi Calafí y Xavi Puerta— y terminando por Anaïs Pareto, que ha dirigido la serie de una manera excepcional.

Además hemos tenido unos actores increíbles que han conseguido convertir a los personajes en personas absolutamente creíbles.

La segunda cuestión tiene que ver con mi aportación personal. Yo no hablaría de rigor, porque la palabra rigor en ficción puede resultar excesiva. Hablaría más bien de credibilidad.

Mi obsesión ha sido que la historia resultara creíble. Que cada minuto funcionara. Que el espectador sintiera que aquello podría haber ocurrido exactamente de la forma en que lo está viendo.

Ese era el gran reto. Y probablemente mi experiencia trabajando con historias reales me ha permitido ayudar al equipo en ese aspecto.

Rubik: ¿Y cómo ha sido tu papel durante el proceso de producción?

C. P.: Mi trabajo ha sido más bien de supervisión. He estado presente en todo, pero sin intervenir constantemente. He intentado marcar líneas rojas, orientar determinadas decisiones y ayudar a mantener el rumbo general del proyecto. Pero el trabajo importante lo ha hecho el equipo.

Los guiones los han escrito los guionistas. El rodaje lo ha dirigido Anaïs Pareto con su equipo. El montaje lo han realizado los montadores bajo su dirección.

Donde sí he participado un poco más ha sido en el montaje final. Ahí intenté aportar algo más de intensidad narrativa y aproximar el resultado a ciertos elementos de mi estilo. Pero siempre trabajando sobre una base que ya era excelente.

Si no tienes un material excepcional es imposible llegar a un buen resultado. Y el mérito principal es de Anaïs Pareto y de todo el equipo creativo.

Imagen de 33 días © Atresplayer

Rubik: Cuando se trabaja con personajes criminales existe siempre el riesgo de idealizarlos o convertirlos en figuras atractivas para el espectador, a pesar de que ser conocidos por haber cometido actos malvados. ¿Cómo habéis abordado ese equilibrio?

C. P.: Es una cuestión muy interesante. La suerte que teníamos es que los dos protagonistas son personajes llenos de humanidad, tanto para lo bueno como para lo malo.

Además son personas muy distintas entre sí. Sus caracteres son prácticamente opuestos y eso hace que el espectador pueda amarlos y odiarlos en diferentes momentos de la serie.

Creo que el retrato que hemos construido está bastante cerca de la realidad. Habrá espectadores que consideren que son buenos. Otros pensarán que son malos. Y otros irán cambiando de opinión a medida que avance la historia.

Lo importante era ofrecer suficientes elementos para que cada uno sacara sus propias conclusiones.

A mí siempre me ha preocupado mucho no convertir a los asesinos o a los delincuentes en ídolos. Pero también es verdad que el espectador tiene que ser libre. En la vida real ocurre constantemente. Hay mucha gente que se siente atraída por personajes oscuros. Los ‘malotes’ son populares desde hace siglos.

Lo que hemos intentado es ofrecer un retrato equilibrado y honesto para que cada espectador decida dónde se posiciona respecto a ellos.

Rubik: Además de la historia de los fugados, la serie retrata un momento muy concreto de Cataluña, con unos Mossos d’Esquadra todavía jóvenes como cuerpo policial.

C. P.: Sí. Y eso era importante. El despliegue de los Mossos en este caso provocó tensiones políticas e institucionales muy relevantes con los otros cuerpos policiales presentes en Cataluña.

Era un momento complejo. Había fricciones, había competencias compartidas y existía una cierta lucha por los espacios de poder. Eso tuvo consecuencias y, en cierto modo, forma parte del contexto de esta historia.

También me interesaba reflejar cómo determinadas dinámicas mediáticas o determinadas reacciones sociales no siempre ayudan a resolver los casos. A veces la presión pública genera más ruido que soluciones.

Todo eso estaba presente en aquel momento y forma parte del paisaje de la serie.

Rubik: Después de tantos años estudiando crímenes, delincuentes y situaciones extremas en el ámbito del true crime, ¿qué has aprendido sobre el comportamiento humano?

C. P.: He aprendido algo muy sencillo y muy complejo a la vez. La maldad existe. Y la bondad también existe. Por suerte creo que hay mucha más bondad que maldad en el mundo. Muchísima más. Pero la maldad está ahí. Existe. Y no desaparece porque decidamos no mirar hacia ella. Tenemos que entender que forma parte de la condición humana y aprender a convivir con esa realidad.

Es muy fácil decirlo y muy difícil aplicarlo en la vida cotidiana. Pero probablemente una parte importante de mi trabajo durante todos estos años ha consistido precisamente en intentar comprender eso. Porque sólo entendiendo que ambas cosas existen —la bondad y la maldad— podemos acercarnos de verdad a las historias que contamos y a las personas que las protagonizan.