Tras su paso por festivales como Annecy, Stuttgart o San Sebastián y su presencia en el catálogo KIMUAK (una selección de los mejores cortometrajes vascos de cada año), el cortometraje Etorriko Da (eta zure begiak izango ditu) -producido por Sultana Films- se ha consolidado como una de las piezas de animación más singulares y perturbadoras del panorama reciente. Hablamos con su directora, Izibene Oñederra, y con Javier Ucar, responsable de la música y el diseño de sonido, sobre un proceso creativo atravesado por la pandemia, la distopía, la intuición artística y la necesidad urgente de contar desde las entrañas. Por Miguel Varela.

A pesar de haber sido seleccionado en algunos de los festivales más exigentes del circuito —Annecy, Stuttgart, San Sebastián o Málaga—, Etorriko Da no fue concebido inicialmente pensando en el recorrido festivalero. “Este corto nace de los días locos del confinamiento, cuando todo era información y desinformación”, cuenta Izibene Oñederra. “No sabía muy bien lo que quería contar. Empecé simplemente dibujando. Necesitaba sacar algo, dejar que los dibujos hablaran por mí. Luego fui descubriendo lo que querían decir y se fueron convirtiendo en la obra final”.
El método de trabajo de Oñederra no responde a fórmulas clásicas. Su cine, y en especial este corto, surge de un proceso más intuitivo, casi inconsciente: “Durante semanas dibujo sin una narrativa clara. Después analizo los dibujos, busco patrones, personajes, escenas que se repitan. Es como explorar mi subconsciente. Etorriko Da es un artefacto fantástico para contar algo muy íntimo que tenía necesidad de expresar”.
Esa exploración da lugar a una película de fuerte carga simbólica y visual, ambientada en un mundo colapsado por una crisis climática. Un paisaje desolador en el que unos pocos viven en la opulencia mientras el resto malvive en la marginalidad. Pero ni siquiera en ese contexto extremo renuncia la autora a una cierta ambigüedad: “Al final del corto hay una luz. No sé si es esperanza o una trampa. No me gusta decirlo del todo. Prefiero que el espectador lo sienta”.

Una distopía personal, visceral
Aunque la película pueda encajar en la categoría de lo fantástico, Oñederra se desmarca de los géneros con claridad: “No soy fan del fantástico como género. Me gustan películas concretas, pero no parto desde ahí. Me sorprendió un poco que se leyera así”.
Porque Etorriko Da no es una distopía al uso. No hay héroes ni soluciones. Hay un paisaje social y emocional fragmentado, cruzado por símbolos como la “nube” que todo lo cubre. “Ese colapso me servía para imaginar un mundo en el que los que pueden, sobreviven; y los que no, quedan fuera. Pero no es solo un relato externo y distante. Es también una metáfora de lo que sentía a nivel personal durante el confinamiento”.
Oñederra reconoce que buena parte del impulso creativo provino del encierro y la ansiedad vivida durante la pandemia: “Sí, esta película nace del COVID. De estar encerrada. De la falta de información… y la sobreinformación. De no saber qué pensar ni qué sentir”.
Sonido como arquitectura emocional
En esa construcción emocional, el trabajo sonoro fue clave. Javier Ucar, responsable de la música y el diseño de sonido del corto, se implicó desde el inicio. “He estado casi desde el principio del proyecto, desde que sólo había dibujos. Aquí el sonido no es un adorno. Es estructura, es atmósfera. No había rodaje, así que todos los espacios, los personajes, los gestos… todo había que crearlo desde cero”.

Uno de los elementos centrales en su planteamiento fue la “nube”: un símbolo del colapso que también se expresa acústicamente. “Era importante que existiera siempre, aunque fuera como un susurro. Un zumbido que ya no se oye porque está dentro de tu cabeza”.
El diseño sonoro se concibió desde la creación de ambientes diferenciados: caos, colapso, opulencia, miedo. “Cada espacio tiene su textura. Hay zonas invadidas por la nube donde todo suena distorsionado, roto. En otros sitios, el peligro está llegando. El sonido anticipa lo que la imagen aún no muestra”, explica Ucar.
Una comunidad en la ciénaga
Entre las múltiples referencias que alimentaron el imaginario del corto, Oñederra destaca algunas cinematográficas: La cinta blanca, de Haneke, y La ciénaga, de Lucrecia Martel. “Me interesa cómo se trata a la infancia, cómo los privilegiados se aíslan y abandonan a los otros. Me obsesionaba esa imagen de los adultos borrachos en medio del caos. Esa ciénaga social que parece no tener salida”.
Pero más allá del cine, también están las experiencias vividas: “El corto también habla de lo vasco, de nuestras comunidades. Esa mezcla de amor y odio hacia lo colectivo. El balcón durante la pandemia, los rituales vacíos, la necesidad de una bandera… todo eso está ahí”.
Y concluye: “Lo que me mueve no es construir algo formalmente perfecto. Me da igual. Lo que me importa es contar eso que tengo dentro, aunque sea oscuro, aunque me duela”.

Una creación que agota, pero que salva
La intensidad del proceso también pasa factura: “Acabas agotada. Piensas: ¿por qué otra vez he creado una película tan grotesca, tan íntima? ¿Por qué no algo amable para el público? Pero es que si tengo que hacer algo amable solo por hacerlo… prefiero no hacerlo”, reflexiona.
Pero cuando se le pregunta por qué sigue haciéndolo, por qué dedicar dos años de trabajo a poco más de diez minutos de animación artesanal, Oñederra responde sin dudar: “Porque si no lo hago, no puedo seguir. Es algo que necesitas contar, y no puedes vivir sin sacarlo”.