Jordi Forcada: “El cortometraje debe prestigiarse como formato propio, no como una prueba para llegar al largometraje”

junio 24, 2026
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El Festival Internacional de Cinema de Cerdanya afronta su edición de 2026 consolidado como una de las propuestas más singulares del panorama español. Lejos de los grandes núcleos urbanos donde tradicionalmente se concentra la industria, el certamen ha construido una identidad propia desde el territorio, convirtiéndose en punto de encuentro para cineastas, productores, distribuidores, intérpretes y profesionales de múltiples disciplinas creativas. Entrevistamos a su director para conocer más sobre el certamen. Por Miguel Varela.

Jordi Forcada se dirige al público en el edición 2025 del Festival © Sabrina Guitart

Lo que comenzó como un festival centrado en la exhibición cinematográfica ha evolucionado en los últimos años hacia un proyecto mucho más ambicioso. Jornadas profesionales, laboratorios, residencias artísticas, programas de formación, encuentros de industria y una creciente apuesta por la internacionalización forman hoy parte de una estructura que busca generar impacto más allá de las fechas concretas del festival.

Al frente del proyecto se encuentra Jordi Forcada Nicolau, director del certamen, con quien conversamos sobre la evolución del Festival de Cerdanya, el papel de la cultura en los territorios rurales, los desafíos de construir industria audiovisual lejos de las grandes capitales y la situación actual del cortometraje y de los festivales en España.

Rubik: Os encontramos en plena preparación de una nueva edición del Festival. ¿En qué punto estáis ahora mismo?

Jordi Forcada: Ya hemos cerrado el plazo de inscripción de películas y estamos en la fase de selección. El comité está visionando todo el material recibido para decidir qué obras entrarán finalmente en programación y cómo encajan dentro de las distintas secciones del festival.

Paralelamente hemos abierto todas las convocatorias de proyectos para las jornadas profesionales. Están abiertos los distintos formatos de pitch, los encuentros one to one con productoras, el programa de cortometrajes, las actividades destinadas a creadoras menores de 30 años y también estamos ultimando nuevas iniciativas. Una de las novedades de este año es Tinta Viva, una jornada de pitch pensada para conectar el sector editorial con el audiovisual. Queremos generar un espacio de encuentro entre editoriales, escritores, guionistas y productoras para explorar posibles adaptaciones de obras literarias a la pantalla.

Además de todo esto, estamos trabajando en los laboratorios de verano, las residencias artísticas y las actividades formativas que desarrollamos en distintos puntos de la Cerdanya.

Rubik: Cuando uno analiza toda esta programación da la sensación de que el festival trasciende ampliamente la exhibición cinematográfica tradicional.

J. F.:
Sí, porque nuestra realidad también es diferente. Nosotros operamos en un territorio rural y pirenaico, con una población dispersa y con unas necesidades culturales específicas.
Hace años nos dimos cuenta de que podíamos y debíamos asumir funciones que en otros territorios están repartidas entre varias entidades. Como gran festival del Pirineo catalán podíamos convertirnos en un punto de encuentro para distintos ámbitos creativos relacionados con el audiovisual.

Nuestra idea es evolucionar hacia un auténtico hub cultural. Un espacio capaz de aglutinar y producir de manera razonable toda una serie de estructuras artísticas que sean útiles para el territorio. Evidentemente trabajamos desde la Cerdanya, pero nuestra mirada es transfronteriza. Tenemos Francia a pocos kilómetros, Andorra muy cerca y una posición geográfica que nos permite actuar como punto de conexión entre distintos agentes culturales.

Por eso pensamos el festival desde una doble perspectiva: ser útiles para el sector audiovisual y ser útiles para el territorio.

Imagen del Festival del Cerdanya Film Festival 2025 © Sabrina Guitart

Rubik: ¿Qué puede ofrecer un festival situado en la periferia que resulte más difícil encontrar en una gran capital?

J. F.:
Precisamente esa condición periférica es una ventaja. Nosotros no competimos en volumen ni queremos hacerlo. Operamos en un entorno donde el mainstream del sector no está tan presente y eso nos permite ser mucho más precisos a la hora de decidir qué hacemos y para quién lo hacemos.

En las grandes ciudades existe una cierta lógica de economía de escala. Hay muchas actividades, muchos eventos y mucha oferta. Nosotros tenemos otra realidad. Cada actividad que ponemos en marcha debe tener una utilidad clara para el territorio y para los profesionales que participan.

También trabajamos a otro ritmo. Somos un festival muy cercano. No aspiramos a organizar eventos masivos porque ni siquiera tendría sentido. Tenemos una sala de 230 butacas. Nuestro éxito no se mide por llenar un recinto con miles de personas. Se mide por el impacto cultural que generamos, por la calidad de la experiencia que ofrecemos y por las relaciones que conseguimos crear.

Además, al trabajar en grupos más reducidos se generan dinámicas mucho más interesantes. Los profesionales tienen tiempo para hablar, conocerse y establecer relaciones reales. Muchas veces un encuentro pequeño y cercano resulta más eficaz que un gran mercado donde todo sucede de forma mucho más acelerada.

Rubik: Hablemos de programación. ¿Qué buscáis cuando seleccionáis las películas del festival?

J. F.:
Siempre intentamos equilibrar varias cosas. Por un lado nos interesa mucho el talento emergente, especialmente las nuevas voces y las óperas primas. Llevamos años apostando por largometrajes españoles de nuevos realizadores y por cineastas que aporten miradas diferentes.Pero también debemos tener en cuenta el público. Nosotros estamos en una zona donde no existe una oferta cinematográfica permanente. Si programáramos únicamente propuestas muy de nicho no estaríamos cumpliendo nuestra función de acercar el cine reciente a la ciudadanía. Por tanto, intentamos encontrar un equilibrio entre el valor artístico de las obras y su capacidad para conectar con el público. Es una línea muy fina y probablemente una de las partes más complejas de nuestro trabajo.

Luego tenemos secciones muy vinculadas a nuestra identidad territorial. Mantenemos, por ejemplo, las sesiones de terror que recuperan una tradición histórica de Puigcerdà. También organizamos proyecciones de memoria histórica en los búnkeres de la Línea P y desarrollamos una sección específica dedicada a montaña, naturaleza y medio ambiente, cuestiones muy vinculadas al Pirineo. A esto se suma nuestra apuesta histórica por el talento femenino emergente y una sección internacional especialmente centrada en cortometrajes.

Imagen del público asistente al Festival © Sabrina Guitart

Rubik: Precisamente quería preguntarte por el cortometraje. Sois festival calificador para los Premios Goya y vivís de primera mano una realidad cada vez más compleja: el cuello de botella que se forma en los procesos de selección debido al elevadísimo nivel de producción.

J. F.:
Sí. Nosotros recibimos más de 2.000 cortometrajes cada año. Seleccionamos entre 120 y 140, que ya es una cifra bastante elevada. El problema es que cada vez se produce más y más.
Por un lado esto es una buena noticia porque significa que existe actividad creativa. Pero también genera una enorme saturación. Los jurados tienen cada vez más trabajo y resulta muy difícil dar visibilidad a todas las obras.
Nosotros fuimos de los primeros festivales en instaurar el pago por selección. Creemos que los creadores tienen derecho a recibir una compensación económica cuando su obra forma parte de la programación. Además, esto nos ayuda a profesionalizar el circuito y a establecer ciertos estándares de calidad.

Rubik: ¿Cómo puede destacar un nuevo creador en un contexto donde los festivales reciben miles de cortometrajes?

J. F.:
Esa es la gran pregunta. Y sinceramente creo que el problema no siempre está en quien hace el corto, sino en quién lo mira. Durante muchos años se han generado determinadas dinámicas dentro del sector que favorecen ciertas inercias. A veces se apuesta por nombres conocidos, por determinadas distribuidoras o por proyectos que encajan con las tendencias del momento. No por el cortometraje en sí. Mientras eso siga ocurriendo, muchos trabajos excelentes seguirán teniendo dificultades para abrirse camino.

También existe otro problema. Se ha perdido en parte el cortometraje que simplemente busca entretener o conectar con el espectador. Recibimos muchísimas obras que abordan temáticas similares y que responden a patrones narrativos muy parecidos. Cuando tienes doscientas películas hablando de lo mismo, la selección se vuelve tremendamente complicada.
Y luego hay una cuestión que me preocupa especialmente: muchas personas entienden el cortometraje únicamente como un paso previo al largometraje. Como una prueba.

Yo creo que eso es un error. El cortometraje debe prestigiarse como formato propio. Es una forma de expresión artística perfectamente válida por sí misma. Mientras se siga percibiendo como un simple trampolín, será difícil que ocupe el lugar que merece.

Público haciendo cola para asistir a una proyección en Cerdanya © Sabrina Guitart

Rubik: También habéis desarrollado una importante actividad profesional alrededor del festival. ¿Cómo diseñáis estas jornadas?

J. F.:
Intentamos alejarnos de la idea clásica de agenda cerrada donde una actividad sucede detrás de otra sin demasiada conexión entre ellas.
Lo que buscamos es que la experiencia tenga valor más allá de cada actividad concreta. Que un productor pueda asistir a una mentoría, pero también compartir una conversación informal con otro profesional. Que un actor pueda acudir a una formación y después coincidir con directores o distribuidores en otros espacios.

Nos gusta trabajar con una especie de geometría variable. Hay actividades simultáneas, distintos itinerarios y perfiles muy diversos conviviendo durante varios días.

Al final muchas oportunidades profesionales surgen en esos espacios informales. En una conversación tranquila, durante una comida o tomando una cerveza. Y ese tipo de entorno es algo que podemos ofrecer especialmente bien desde un festival como el nuestro.

Rubik: Buscáis generar ecosistema más que acumular actividades…

J. F.:
Exactamente. No queremos hacer veinte actividades porque sí. Queremos que tengan sentido dentro de una propuesta global. Por eso intentamos reunir perfiles muy diversos. Productores, guionistas, actores, directores, localizadores, distribuidores… Nos interesa que se mezclen disciplinas distintas porque de ahí surgen muchas veces colaboraciones inesperadas.

Y sabemos que funciona porque hemos visto cómo proyectos que comenzaron en el festival terminaban convirtiéndose en películas o en colaboraciones profesionales reales.

Rubik: El festival cumple ya diecisiete ediciones. ¿Cómo ha evolucionado desde sus inicios?

J. F.:
Hasta la pandemia probablemente teníamos una mirada más local. Estábamos muy centrados en la exhibición y en consolidar el propio festival.

La pandemia nos obligó a parar y reflexionar. Ahí nos preguntamos qué queríamos ser dentro de diez años y decidimos apostar mucho más por la utilidad para el sector.

Desde entonces hemos invertido muchísimo esfuerzo en desarrollar las jornadas profesionales, los laboratorios, las residencias y los programas formativos. Actualmente una parte importante del presupuesto del festival está destinado a estas actividades.

Eso nos ha permitido encontrar un espacio propio dentro del calendario audiovisual. Especialmente durante el verano, donde no existen tantas propuestas de este tipo.

Rubik: ¿Y cómo imaginas el futuro del proyecto?

J. F.:
Nuestra ambición va más allá del festival. Queremos consolidar un hub audiovisual pirenaico y transfronterizo capaz de coordinar iniciativas, generar sinergias y crear oportunidades para los profesionales que trabajan en este territorio.

También estamos desarrollando programas de alfabetización audiovisual para escolares. En los últimos años hemos trabajado con miles de niños y niñas del Pirineo. Sembrar esa semilla cultural me parece fundamental.

Y otro ámbito que queremos potenciar es todo lo relacionado con los rodajes en montaña. Es un sector con muchísimo potencial y creemos que el Pirineo puede convertirse en un referente europeo en este campo si se articulan adecuadamente los recursos y las estrategias.

Al final nuestro objetivo es que las actividades no sean eventos aislados que aparecen una vez al año y desaparecen. Queremos construir estructuras permanentes que generen valor durante todo el año, tanto para el territorio como para la industria audiovisual.

Porque si algo hemos aprendido en estos años es que un festival puede ser mucho más que una programación de películas. Puede convertirse en una herramienta de transformación cultural, profesional y territorial. Y ahí es donde queremos seguir creciendo.