La cineasta argentina visita el D’A – Festival de Cine de Autor de Barcelona para presentar su tercer largometraje, Las corrientes, un drama psicológico protagonizado por una magnética mujer en crisis a quien interpreta Isabel Aimé Gonzalez Sola. Por Belit Lago

Después de pasar por la 73ª edición del Festival de San Sebastián el año pasado, Mumenthaler aterriza en la ciudad condal con su última obra: un agobiante viaje por la insatisfacción personal y el desajuste emocional de Lina, exitosa diseñadora de moda que decide brindarle las riendas de su vida al destino.
La directora de Abrir puertas y ventanas (2011), ganadora del Premio a Mejor Película en Locarno, y La idea de un lago (2016) elabora aquí un relato alrededor de la idea del trauma heredado y las dificultades de pertenencia.
Rubik: Uno de los temas que vertebra Las corrientes es la salud mental, aunque lo tratas de forma sutil y poco explícita. ¿Cómo encuentras el equilibrio entre lo que muestras y lo que sugieres?
Milagros Mumenthaler: Pensando en el personaje. Se trata de una película de personaje, y hay algo en la escritura del guion, y luego también en la puesta en escena, donde está todo pensado desde ella: qué es lo que ve Lina, cómo se quiere mostrar, qué es lo que quiere desvelar. Ahí se produce un respeto hacia ella, en cómo no va en busca de diagnósticos, sino que más bien deja ver a dónde la lleva este proceso por el que está pasando.
Nunca tuve la necesidad de que el personaje revelara un diagnóstico preciso, porque no es una película sobre una terapia concreta. En realidad, tratar este tema fue algo muy orgánico para mí.

Rubik: ¿Y cómo ha sido el proceso de construcción de Lina?
M.M.: Yo ruedo con guiones muy acabados: antes de empezar a trabajar con los actores, ya está todo escrito. Aquello que va más allá del guion, lo que ocurre antes de cuando agarramos al personaje en la película, que en este caso es en un momento muy complejo de su vida, también lo trabajo. Tengo escrita su vida anterior: sobre su infancia, sobre la relación con la madre, en qué momento conoció al marido, cuándo conoció a su amiga Amalia…
Trabajo mucho desde ahí, y eso sí que se lo doy a la actriz. Es una información que puede servir, a veces sí y a veces no, depende de los actores, porque también cada uno tiene sus estrategias.
Rubik: ¿Y con Isabel funcionó?
M.M.: Con ella trabajamos como cinco meses para buscar cómo es Lina. Hay todo un ejercicio muy físico que también se debe realizar: cómo es su respiración interna, cuáles son sus líneas de pensamiento, cómo se para, cada gesto que hace…
Rubik: Y su voz.
M.M.: La voz también es muy importante: cómo consigue sacar las palabras en ese estado en el que se encuentra. En ese momento sí que es una búsqueda con la actriz muy mano a mano y también apoyándonos mucho en lecturas, en novelas… Sobre todo para pensar algunas cuestiones más concretas. El guion hay que descorticarlo, leer mucho entre líneas.
Rubik: Entiendo que ese final que acaba dando circularidad al viaje interno de Lina está también pensado desde un inicio.
M.M.: El final ha estado claro y definido desde la escritura. En general, hay directores que creen más en el trabajo en el set, pero la verdad es que con los tiempos de producción que manejo, para mí sería imposible adoptar esa técnica. Además, creo que esta no es una película que se encuentre en el set, más bien todo lo contrario.
En Las corrientes está todo muy planificado, no hay lugar a la improvisación. Ciertos directores prefieren hacerlo así, y su proceso creativo funciona de manera que van encontrando los matices mientras ruedan. Sería un lujo hacerlo así, la verdad, pero una no tiene un año para filmar.

Rubik: En tu caso, ¿coincidió el rodaje con la crisis cultural y social que está sufriendo tu país?
M.M.: En realidad, los fondos se consiguieron con la administración anterior. Ya teníamos fecha para filmar y justo unos meses antes se asume el gobierno de Milei, y es verdad que hubo una inflación muy grande y no nos quedó otra que adaptarnos quitando días de rodaje.
Sufrimos un poco la situación económica del país, pero sobre todo una situación a nivel más anímico, donde era muy difícil porque en ese momento era la única película que se estaba filmando en Argentina.
Rubik: Cuando hablas de salud mental, también lo vinculas con los miedos heredados.
M.M.: Sí, en realidad pienso que los miedos siempre están, existen en general, ya sea hacia los progenitores o, sobre todo en las relaciones madre-hija, hay esa urgencia de intentar ser distinta, aunque una siente que no puede escapar de eso. Y en relación a las enfermedades mentales, es verdad que el fantasma siempre acecha.
Rubik: Además va en las dos direcciones.
M.M.: Sí, en la película este miedo va de Lina hacia la madre, pero también de Lina hacia su hija Sofía. Hay un miedo latente, y por supuesto también por parte del marido.
Rubik: ¿Cuál fue tu investigación al respecto?
M.M.: De primeras es algo bastante intuitivo: una sabe, porque son temas que le interesan. Y después sí que hice todo un trabajo de búsqueda.
Además de leer libros y bibliografía, tuve una consultora psicoanalista con la que estuvimos trabajando codo a codo en el proceso de escritura del guion.

Rubik: Y además de esta herencia psicológica, ¿te interesa explorar algo más sobre los vínculos entre madres e hijas o hijos?
M.M.: Sí, en el caso de la relación entre el marido y su madre, ejemplo de vínculo entre madre e hijo, se señala algo más de clase social. Pero cuando aparece la madre de Lina, estamos hablando de abandono, lo que me parece muy difícil de mostrar. Podemos pensar que cuando se abandona a una madre hay algo que anteriormente ha acaparado al personaje.
Al final las cosas suceden y hay que lidiar con las situaciones que a una le tocan, pero creo que también hay un abandono hacia la hija, o, en todo caso, un reclamo de no haber sido lo suficientemente fuerte o, quizás, demasiado frágil.
En ese sentido, sí me parecía interesante explorar cómo esta situación repercute en el personaje de Lina hacia su propia hija, intentando superar un poco a la madre, luchar por no hacer lo mismo, no repetir los mismos errores. Y es algo que ocurre a menudo, que aunque una no quiera, termina repitiendo ciertas manías de los padres, como si tuviésemos un sello en el ADN, algo difícil de sortear.
Rubik: La protagonista ha hecho un borrado de su vida anterior para ascender socialmente, pero tampoco encaja.
M.M.: Lina es una desclasada. La película plantea el tema de la permanencia, sobre a dónde pertenecemos. Uno de sus grandes conflictos, y que agudiza su fragilidad, es que justamente no pertenece a ningún mundo: ni al de su infancia —del que ella, para poder existir, se alejó—, pero tampoco acaba de encajar en esa abundancia del marido.
Entonces está en el esfuerzo constante de intentar ser parte de algo, hecho que añade una capa más a su vulnerabilidad.

Rubik: El lenguaje cinematográfico de Las corrientes es también muy importante para el relato. ¿Cuál es la relación entre las elecciones formales y el contenido más emocional?
M.M.: Sí, pensé toda la película a través de cómo se representa cada estado anímico de Lina. Ese fue el hilo conductor para construir todo el aspecto formal: cómo percibe ella el mundo.
Eso me dio ciertas libertades, ya que igual no estamos en un realismo o naturalismo puros, sino que hay algo que está un poquito corrido todo el tiempo. Todo lo vemos desde su punto de vista, y sentimos cómo ella percibe lo que ocurre a su alrededor.
Rubik: Por momentos me parecía estar viendo una película de terror.
M.M.: Sí, también porque lo que le está sucediendo es del orden de lo inesperado. Ella nunca sabe qué le puede ocurrir después, para dónde va a disparar, entonces hay algo un poco de ese ritmo, sin que estemos puramente en una película de género.